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Cuando el trabajador despierta: la conciencia de clase como acto de dignidad

Por Abel Rodríguez

En las maquiladoras de Nogales, Hermosillo o San Luis Río Colorado, el turno empieza temprano y termina tarde. Las manos se mueven rápido, el calor aprieta y la producción no se detiene. Al final del día, el cuerpo queda molido, pero el sueldo sigue siendo el mismo. “Hay que aguantar”, dicen. Pero aguantar no es vivir.

El guardia de seguridad en Sonora conoce bien las jornadas largas: 12, 24 horas o más, muchas veces sin pago de horas extra, sin prestaciones completas y con el miedo constante de ser reemplazado. Cuida empresas, hospitales, fraccionamientos y maquilas, pero nadie cuida de él.

El repartidor recorre las calles de Hermosillo, Cajeme o Nogales esquivando tráfico y calor extremo. La aplicación le exige rapidez, pero no le garantiza ingreso fijo, seguro médico ni protección. Le dicen que es “su propio jefe”, pero la realidad es que si no trabaja, no come.

En los hospitales y clínicas del estado, enfermeras, camilleros, médicos y personal de limpieza sostienen el sistema de salud con turnos agotadores. Falta personal, faltan insumos y sobran responsabilidades. Durante emergencias se les llama héroes; cuando piden mejores condiciones, se les pide silencio.

Trabajos distintos, mismo problema.

A todos les repiten el mismo discurso: que si no les gusta, se vayan; que hay otros esperando; que reclamar es buscarse problemas. Así se mantiene al trabajador con miedo, aislado y callado. Así se evita que entienda algo fundamental: no está solo y no es el culpable.

La conciencia de clase empieza cuando el obrero de la maquila se da cuenta de que su cansancio es el mismo del guardia que hace turno doble. Cuando el repartidor entiende que su precariedad es igual a la del personal de salud mal pagado. Todos dependen de un salario. Todos viven de su trabajo. Todos están del mismo lado.

En Sonora se trabaja duro, pero se paga poco. No porque no alcance el dinero, sino porque así está diseñado el sistema. Las ganancias se concentran arriba, mientras abajo se reparte el desgaste, la enfermedad y la incertidumbre.

Dividir al trabajador ha sido la estrategia: por empresa, por contrato, por uniforme. Pero cuando el trabajador sonorense se reconoce en el otro, la historia cambia. Exigir salario justo, jornadas humanas y respeto no es rebeldía: es dignidad.

Nada de lo que hoy se tiene se regaló. Todo se consiguió organizándose. Y aunque hoy intenten convencer de que ya no vale la pena luchar, la realidad es clara: sin el trabajo de la gente, nada funciona en Sonora.

La conciencia de clase no es una idea vieja. Es una necesidad urgente. Porque mientras el trabajador siga creyendo que está solo, otros seguirán decidiendo por él. Pero cuando despierta y se une, el miedo cambia de lado.

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