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La homofobia no nació con el pueblo: nació con el poder

Por Abel Rodíguez

Historia, rabia y testimonios desde abajo

La homofobia no es natural. No es “costumbre del pueblo” ni “tradición mexicana”. La homofobia es una idea impuesta, fabricada desde el poder para controlar cuerpos, deseos y vidas. Y aunque hoy muchos la repitan como si fuera propia, en realidad es una herencia de siglos de violencia, colonización y miedo.

Antes del odio: cuando amar no era delito

Durante miles de años, en distintas partes del mundo, la diversidad sexual existía sin persecución. En pueblos originarios de América, África y Asia había personas que hoy llamaríamos gays, lesbianas, trans o no binarias, y no eran vistas como un problema.

En Mesoamérica, antes de la llegada de los españoles, la diversidad era parte de la vida comunitaria. No perfecta, no idealizada, pero no criminalizada como después. En Oaxaca, los muxes siguen siendo prueba viva de que la diversidad no llegó de fuera: siempre estuvo aquí.

“Mi abuela siempre decía que los muxes existían desde antes de la iglesia. El problema vino cuando nos dijeron que éramos pecado.”
María, 54 años, Juchitán

La conquista: cuando el amor se volvió pecado

La homofobia, tal como la conocemos hoy, llegó con la colonización. Con las espadas, las cruces y las leyes europeas. La Iglesia católica impuso una sola forma de vivir la sexualidad: hombre con mujer, dentro del matrimonio y para tener hijos. Todo lo demás fue llamado pecado, desviación, enfermedad.

La Inquisición persiguió, torturó y mató personas por lo que hacían en la intimidad. Amar diferente se castigaba con cárcel, humillación pública o muerte. El miedo se volvió norma.

Desde ahí empezó la vergüenza.

El Estado aprendió a odiar

Con el tiempo, el castigo dejó de ser solo religioso y pasó a manos del Estado. Las leyes, la policía y los jueces heredaron el prejuicio. En México, durante décadas, ser homosexual no siempre era delito en papel, pero sí en la calle: redadas, golpes, extorsiones, despidos.

“A mí me levantaron en los noventa solo por estar con mi novio en un parque. Nos raparon, nos golpearon y nos dijeron que éramos una vergüenza.”
Carlos, 47 años, Ciudad de México

El mensaje era claro: cállate, escóndete o paga las consecuencias.

Machismo: el combustible del odio

La homofobia se sostiene sobre el machismo. En una sociedad donde al hombre se le exige ser “duro”, “macho” y dominante, cualquier expresión distinta es vista como una amenaza. Por eso el insulto, la burla y la violencia.

No es casualidad que muchos crímenes de odio vengan acompañados de tortura. No es solo matar: es castigar al que se atrevió a salirse del molde.

“Mi papá me decía: ‘prefiero un hijo muerto que un maricón’. Eso también es violencia.”
Luis, 29 años, Sonora

La ciencia también falló

Durante el siglo XX, incluso la medicina y la psicología ayudaron a sostener la homofobia. Dijeron que era una enfermedad, que se podía curar. Hubo electrochoques, terapias forzadas, encierros. Todo con bata blanca y discurso “científico”.

No era ciencia: era prejuicio con permiso.

México hoy: avances legales, violencia real

Hoy existe matrimonio igualitario en gran parte del país. Hay leyes, discursos oficiales, banderas en junio. Pero la realidad sigue siendo brutal: México es uno de los países con más asesinatos de personas LGBT+ en América Latina.

La homofobia sigue viva en las casas, en las escuelas, en los trabajos y en los púlpitos.

“En mi trabajo saben que soy lesbiana, pero no me dejan ascender. Me dicen que ‘no doy buena imagen’.”
Rocío, 38 años, trabajadora administrativa

No es opinión, es violencia

La homofobia no es una opinión respetable. Es una forma de violencia que deja muertos, expulsados y silencios forzados. No nace del pueblo: se le enseñó al pueblo.

La verdad incómoda

La diversidad no amenaza a nadie.
Lo que amenaza es el odio.

La homofobia no protege a la familia, la rompe.
No cuida valores, deshumaniza.
No es tradición mexicana, es herencia colonial.

Romper la cadena

Combatir la homofobia no es “imponer ideologías”. Es dejar de justificar la violencia. Es reconocer que nadie debería pedir permiso para existir.

La diversidad siempre estuvo aquí.
El odio fue lo que se impuso.

Y lo que se impuso, también se puede derrumbar.

Amar también es una forma de lucha

Cada persona que vive su identidad sin pedir perdón está rompiendo siglos de control. Cada familia que decide amar en lugar de rechazar está desobedeciendo al odio heredado.

La diversidad no destruye a la sociedad. La hace más humana.

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