La brecha de género se amplía en los hogares más pobres, donde pueden dedicar hasta 14 horas más por semana que los niños.
Nancy Méndez https://www.laizquierdadiario.mx/Nancy-Mendez
La investigación fue realizada en Argentina, Chile, Colombia, México y Uruguay. Entre sus datos arroja que la participación de las niñas en tareas de cuidado comienza desde edades muy tempranas y se intensifica durante la adolescencia. El estudio se basa en encuestas oficiales de uso del tiempo y forma parte de un esfuerzo más amplio para visibilizar cómo las desigualdades de género se configuran desde la niñez y la adolescencia, impactando en múltiples dimensiones de la vida de las niñas.
Para el estudio, en el país fueron entrevistadas 866 adolescentes de entre 14 y 18 años. A partir de esos datos, se puedo determinar que ellas dedicaban 42 minutos diarios a las tareas de cuidado, 2:10 horas a trabajo no remunerado y 1:28 a tareas domésticas. En todos los casos, es el doble del tiempo de los varones. En contraposición, los varones dedican casi media hora más a esparcimiento. Mientras más alta sea la disparidad entre el tiempo que la madre y el padre destinan al trabajo no remunerado, mayor es el tiempo que las niñas destinan al trabajo no remunerado.
Este resultado sugiere una transmisión intergeneracional de comportamientos que afecta en mayor medida a las niñas que a los niños. Las niñas que provienen de hogares en situación de mayor vulnerabilidad o con altos niveles de desigualdad tienden a asumir más responsabilidades dentro del hogar, lo que sienta las bases para reproducir los patrones de desigualdad que predominan en generaciones anteriores.
“Desde muy pequeñas, muchas niñas y adolescentes de los hogares más vulnerables ya asumen de forma desproporcionada responsabilidades domésticas y de cuidado en el hogar que limitan su derecho a estudiar, jugar y desarrollarse plenamente. Estas desigualdades les quitan tiempo para ser niñas, y condicionan sus oportunidades en el presente y el futuro”, afirmó Roberto Benes, director regional de UNICEF para América Latina y el Caribe.

Ilustración Robert Báez
En el discurso libertario los niños, niñas y adolescentes aparecen como una propiedad de los adultos, relegados al ámbito privado y hasta a veces incluso, como seres incapaces, inferiores, fácilmente adoctrinados o dominables. Jamás son considerados sujetos de movilización política o de acción colectiva, sujetos de derechos que son capaces de hacer oír su voz. A eso se suma el negacionismo a la desigualdad de género.
Este negacionismo se traduce en un desmantelamiento sistemático de programas de asistencia a las víctimas, así como en la reducción de personal y recortes presupuestarios en sueldos, dispositivos e insumos esenciales para asistir a niñas, adolescentes, mujeres y diversidades que sufren la violencia machista.
Se viene implementando un retroceso en las políticas de género y salud sexual. En el último año, el Gobierno ha reducido drásticamente los fondos destinados a la Educación Sexual Integral (ESI) y al Plan Nacional de Prevención del Embarazo No Intencional en la Adolescencia (ENIA).
Ambas políticas son cruciales para problematizar los estereotipos de género, garantizar derechos y otorgarles algunas herramientas necesarias para tomar decisiones informadas sobre su cuerpo y su futuro. Derechos que se conquistaron en las calles y que es necesario defender.
